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¿No es país para escritoras de cincuenta años?
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¿No es país para escritoras de cincuenta años?
  31/3/2025



S amanta Schweblin alcanza una dichosa madurez literaria en 'El buen mal', y se confirma como una de las pocas voces clásicas de nuestro tiempo

Antes de hablarles de El buen mal (Seix Barral), déjenme decirles cuatro cosas; cuatro cosas que me han dicho a mí o que he visto. Alguien que parecía saber de lo que hablaba me soltó un día sin más que Babelia no le hubiera hecho ni caso a Los escorpiones, de Sara Barquinero, si la joven zaragozana “fuera una señora de cincuenta años”. No pocos amigos me han comentado la nueva imagen de una autora de mi generación, muy conocida y leída, ahora que roza casi la cincuentena, al hilo de las fotos de ella que aparecen en las entrevistas. Estaban como ofendidos por su envejecimiento. Luego hay un fasto en Bogotá, una feria de palabrería, y España es “país invitado”. Esto quiere decir que acuden varias decenas de autores españoles. Mirando las fichas, eché en falta a todas esas autoras que antes eran siempre convocadas, y noté presencias nuevas de escritoras que apenas me sonaban de nombre, pero que tienen todas alrededor de treinta años. Sin embargo, los autores que antes eran siempre convocados siguen siendo convocados, tengan la edad que tengan. Pero recuerden que el peligro soy yo, porque de Pascuas a Ramos digo que la novela de una escritora no me ha gustado. 

Debemos asumir que el feminismo llega hasta donde llega, es decir, prácticamente a nada. Cualquier mujer en su profesión sigue dependiendo enormemente de la prestancia física, y en el mercado de los libros, por mucho que la transacción la compongan historias y sentimientos, los clientes siguen prefiriendo comprar a las escritoras guapas. No hay otra belleza que la juventud. A veces me acuerdo de una escritora hasta cierto punto conocida o habitual en los años 90, y descubro que ha desaparecido. No dejó de escribir; dejó de tener treinta años. A veces abro un libro de una escritora cuya edad tengo —año arriba, año abajo— memorizada gracias a la fecha que aparece en la solapa de sus libros, y descubro que ha dejado de poner su fecha de nacimiento en la solapa de sus libros. También su foto en esa solapa combate el tiempo, pues muestra a una mujer detenida para siempre en unos comerciales treinta y ocho años. A lo mejor tiene ya cincuenta y dos.

No sé si han notado que en España no hay poetas mujeres de cuarenta años. Todas las poetas de España son poetas jóvenes. Este aniquilamiento otoñal de las mujeres escritoras se solapa con el aniquilamiento común en la literatura: si no vendes muchos libros, y no eres amigo íntimo del editor, ponen a otro. Curiosamente, los editores tienen más amigos íntimos varones que mujeres, sobre todo si han superado todos ellos la cincuentena. Digo “curiosamente” porque si hay algo de lo que se rodeaba un editor español con la mayor de las facilidades era de mujeres. Jóvenes. invitan ni a la feria del libro de Calatayud!

Samanta Schweblin
La escritora argentina Samanta Schweblin sigue poniendo su fecha de nacimiento en la solapa de sus libros. Nació en Buenos Aires en 1978, vive en Berlín y practica la distancia corta, desde el cuento a la nouvelle. Yo soy muy fan. Sus cuentos primeros avisaban de su elección estética: el cuento americano. Esto quiere decir que no busca con su prosa la tropicalidad de la palabra, sino el drama, y por eso sus frases, tomadas de una en una, parecen frases que podría escribir un niño de diez años. Lo difícil de estas poéticas es que juntando frases como de niño de diez años te salga una historia fascinante. A Schweblin le salen las mejores de la literatura en español.

Cuentos como Matar a un perro o El hombre sin suerte, que pueden encontrar en internet, son clásicos de nuestro tiempo. Schweblin publicó tarde su primera novela, Distancia de rescate (2014), que considero una de las grandes novelas en español de este siglo. Con todo, también hay libros suyos que me entraron mal, me parecen menores o que simplemente no entiendo, como Siete casas vacías (ganador del premio Ribera del Duero) o Kentukis (éste es el que digo que no entiendo).

Ahora vuelve con El buen mal, cuyo único defecto es el título. No tiene mano, dulzura o puntería Samanta para los títulos, un tanto anfractuosos u ortopédicos. ¿El buen mal? No sé. 

En él reúne tres cuentos breves y tres cuentos largos, y hasta la página 114 de 200 es un libro extraordinario. Este tramo feliz incluye los tres cuentos breves y el primero de 40 páginas. Los dos últimos palidecen, porque ni Borges tiene un libro de relatos donde un relato no se te olvide. La crítica usual a Schweblin abunda en la rutina de señalar que la vida cotidiana es muy extraña, y que la autora saca punta al horror de salir a comprar el pan. Esta monotonía de la crítica ha acabado siendo insoportable, y sólo expresa la enorme pereza de los lectores profesionales. En El buen mal yo veo más oscuridad que en otros libros suyos. No hay ni una pizca de humor. Hay mucha muerte, enfermedad y desgracia. También aparecen animales en todos los cuentos breves (un conejo, un caballo, un gato), como enviados del demonio o agentes sacrificiales. El cuento largo El ojo en la garganta es terrorífico. Trata de un niño que se traga una pila, y luego va a peor. “No estoy. Ya no estoy. He desaparecido.” ¡Lo mejor que se ha escrito nunca sobre niños que se tragan cosas! 

Otra característica notable en estos cuentos de 2025 de Samanta Schweblin es que son impermeables a las modas, las ideologías y el autosabotaje. No les ha llegado ni un soplo de cambio climático, ni un gramo de victimismo. Son la vida verdadera, la literatura atemporal, el trabajo bien hecho y una capacidad para generar desconcierto absolutamente prodigiosa.

Alberto Olmos -Elconfidencial




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