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Los defensores de los libros prohibidos por la censura que se juegan la vida o el empleo:
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Los defensores de los libros prohibidos por la censura que se juegan la vida o el empleo:
  28/3/2026



Hablan Salman Rushdie, Margaret Atwood y Georgy Urushadze sobre la lucha contra los censores y el papel de heroes anónimos que desde un aula, una biblioteca o una editorial salvaguardan la libertad de expresión



Cuando Georgy Urushadze criticó a Vladimir Putin por la invasión de Ucrania se encontraba en el extranjero. Supo de inmediato que debía renunciar a sus cargos y que sus palabras eran la antesala de un destierro, estado que define con sorna: «No emigré, simplemente nunca tuve ocasión de regresar de mi viaje». Su decisión provocó que fuera borrado de la vida cultural de Rusia, pese a ser uno de sus grandes referentes. Hablamos del fundador de la editorial Palmira y responsable de tres de los principales galardones literarios del país, entre los que se encontraba el Premio Gran Libro, el mejor remunerado de las letras rusas.
  

Pero el exilio no iba a impedir que Urushadze dejara de hacer lo que mejor sabe hacer. En 2023, fundó Freedom Letters, una editorial gestionada por voluntarios que publica a autores rusos y ucranianos que han sido censurados por la maquinaria de Moscú. Su catálogo alcanza los 300 títulos y se distribuye por diferentes países. Lo forman desde novelas sobre una sociedad postapocalíptica hasta cómics antibélicos o testimonios de presos políticos en purgas judiciales. En Rusia, estos libros son introducidos regateando el veto de sus autoridades de forma clandestina. Una de sus obras ya ha sido publicada en español. Se trata de la primera novela de Sergei Davydov, Springfield, una historia de amor y desarraigo de una pareja homosexual.


Según el Kremlin, oficialmente no hay censura en Rusia. Incluso está prohibida. Paradojas de un régimen que prohíbe mucho y que acaba prohibiéndose a sí mismo con leyes que siempre nacen para beneficiar a los mismos y atacar a los de siempre. A pesar de esa supuesta libertad, hay cada vez más libros que desaparecen de sus bibliotecas y que cuesta encontrar en librerías. Una ausencia provocada por las recomendaciones de los inspectores educativos, encargados de la misión de evitar que los jóvenes rusos absorban valores contrarios al nacionalismo, la familia tradicional y la dosis antioccidental pertinente.


Lo cierto es que Putin concedió cierta libertad a los escritores rusos en sus primeros mandatos, ya que su pulsión censora se centró en periódicos y televisiones. Tras suprimir cualquier elemento crítico de la comunicación de masas, la literatura fue objeto de escrutinio. En 2024, el Gobierno impulsó incluso una policía literaria.


Urushadze explica la peculiar historia de este organismo represor:

«Se trata de un consejo de expertos creado en un principio bajo los auspicios de la Unión Rusa del Libro, una asociación progubernamental de editores que, junto con el Ministerio de Comunicaciones, quedaba encargada de supervisar la edición a nivel nacional. Su objetivo era proteger a los editores de las injerencias de la Fiscalía General y de la Policía. Se entiende que la Unión del Libro es más competente a la hora de juzgar una obra que un silovik [agente de policía]. Ahora los expertos oficiales se dedican a elaborar listas negras de libros que recomiendan retirar del mercado editorial. Las obras se censuran en función de distintos parámetros, que clasifican en contenido LGTBI o, entre otros, referencias al consumo de drogas».

Y empiezan los tachones. O la quema.


Urushadze representa con honores esta peculiar raza universal de los defensores de libros prohibidos. Personajes casi siempre anónimos que, desde la labor editora, el noble oficio de bibliotecario o la enseñanza, defienden la libertad de expresión allá donde es amenazada.


«Las autoridades rusas están promoviendo una campaña implacable contra nuestros libros», reconoce Urushadze. «Se valen de los tribunales, de las presiones del Fiscal General y del organismo regulador de los medios de comunicación, llegando a catalogar a los autores de Freedom Letters como 'agentes extranjeros'».


Así que un escritor que vaya contra la ortodoxia impuesta por el régimen es tratado como un espía. Un enemigo del pueblo. Lo que veíamos representado en reductos hermosos de la memoria de la infamia, como el archivo Libri Prohibiti de Praga, dedicado a las obras censuradas durante el régimen comunista checoslovaco, o el Museo de los Libros Prohibidos fundado en 2021 en Tallín (Estonia), ahora se refleja en una asociación de padres de alumnos y en la tinta de un frío funcionario.


El defensor de libros prohibidos es un oficio extraordinariamente peligroso en los países donde el poder es más represivo, si bien desde hace años también se han incrementado los riesgos en países democráticos. Acostumbrados a literaturas amputadas en dictaduras del estilo de China, Cuba y Sudán, costaba imaginar hace una década agresiones tan continuadas al libro en un país como, por ejemplo, Estados Unidos, referencia indiscutible de la libertad individual.


Para comprender la amenaza basta con observar la historia reciente del condado de Orange, el más grande de Florida. Hace 60 años su territorio era una fabulosa concentración de mosquitos y cultivos de cítricos. En apenas unas décadas, el bum inmobiliario convirtió los árboles frutales en viviendas y la industria del entretenimiento suplantó a la economía agraria con una decena de parques temáticos que atraen cada año a oleadas de turistas. Eso sí, los mosquitos no se han marchado.


En este lugar puedes hacerte una foto con Darth Vader en Disneylandia, comerte una hamburguesa rodeado de tiburones en un acuario de Sea World y quedar rendido ante las cheerleaders de los Orlando Magic en un partido de la NBA. Lo que no está muy bien visto en Orange County es que tu hijo muestre interés por leer o representar La casa de Bernarda Alba.


La obra teatral que escribió Federico García Lorca en 1936, el año de su asesinato, forma parte del catálogo de las 673 obras retiradas de las aulas de este condado estadounidense. Desde la entrada en vigor de la ley del Senado de Florida HB 1069, a las bibliotecas de las escuelas se les prohibe albergar material con «contenido sexual». Para sus censores, La casa de Bernarda Alba es algo así como una versión andaluza de Cincuenta sombras de Grey y el personaje que no aparece en escena de Pepe el Romano, un trasunto de Jordi El Niño Polla.


Lo que sucede en Orange County es una representación más de la guerra cultural que divide a los estadounidenses sin que impere el sentido común. La respuesta más reaccionaria no sólo consiste en recomendar las lecturas de los críos, algo frecuente en muchos planes escolares, sino en decirles lo que nopueden leer. Según datos de Pen America, organización que lucha por la libertad de expresión, en EEUU se registraron entre 2021 y 2025 más de 22.000 prohibiciones de libros en las escuelas, con unos 7.000 títulos vetados.


El problema es que, dada su influencia cultural, lo que sucede en Estados Unidos se termina trasladando al resto de países con mayor o menor intensidad. Su poderío exportador trasciende al cine de Hollywood, las zapatillas deportivas y los escritores de moda. La censura también es una moda que viaja. En cultura, todo es contagioso.


En Reino Unido, la organización benéfica Libraries Connected, que representa a las bibliotecas públicas, informa de que las solicitudes para la retirada de libros están aumentando. No sólo eso, la Asociación de Bibliotecas Escolares reconoce haber registrado el año pasado un «aumento en las consultas de sus miembros sobre censura».


Según informa The Guardian, la mayoría de las impugnaciones británicas provienen de individuos, no de grupos organizados, como es habitual en EEUU, y se centran principalmente en títulos de temática LGTBI. La persecución de literatura considerada tóxica está ya implantada en países europeos en los que el populismo lleva tiempo socavando las instituciones. El más claro ejemplo es Hungría. Sus autoridades han multado a un librero por vender una novela gráfica británica de la serie Heartstopper sin envoltorio protector, alegando que infringía la controvertida ley homófoba sobre literatura LGBTI para menores de 18 años que propugnó el gobierno de Viktor Orbán con el fin de defender los «valores cristianos».


«Observamos tanto una mayor concienciación por estas cuestiones como también una mayor presión sobre las bibliotecas por parte de grupos políticos que se han inspirado en la situación de EEUU», confirma Jens Zingmark. Este bibliotecario sueco es uno de los guardianes del santuario de la libertad lectora: la Biblioteca Dawit Isaak. Situada en la ciudad de Malmö, en sus fondos custodia 3.000 libros que componen la primera y única colección internacional a disposición del público cuyos autores han sido censurados, encarcelados o, en el peor de los casos, asesinados.


Su nombre está dedicado al reportero sueco-eritreo encarcelado ilegalmente desde hace un cuarto de siglo por las autoridades de Eritrea por su labor informativa y la defensa de la libertad de expresión. «En el interior de cada libro ponemos una nota que explica en pocas palabras qué le ha pasado al autor o al libro, cuándo fue censurado, dónde y por qué», dice Zingmark.


La necesidad de defensores de la palabra llega a cualquier parte. Incluso a lugares que lideran los índices de calidad democrática. En Canadá, el Ministerio de Educación del estado de Alberta ha ordenado retirar las versiones gráficas de libros como 1984, de George Orwell, o El cuento de la criada, de Margaret Atwood, de las escuelas públicas. La culpa es el cumplimiento de una nueva normativa que obliga a ocultar obras de literatura que contienen representaciones explícitas de actividades sexuales. Las protestas intentan paralizar la iniciativa.


Tras conocer la orden de Alberta de censurar su libro, Atwood reaccionó con su humor característico y lanzó el siguiente tuit: «Hola niños. El cuento de la criada (el libro, no la serie) ha sido prohibido en Edmonton. ¡No lo lean, se les quemará el pelo! Cojan uno ahora antes de que quemen en público los libros».


Contactamos con ella para que nos hable de la libertad de expresión amenazada.


«Las prohibiciones surgen cuando la gente está enfadada y siente que hay que culpar a alguien de ello. Lo que está sucediendo es triste, porque esta práctica tiene el potencial de debilitar el espíritu artístico», dice Atwood, y añade: «Hay que resistir y plantar cara».


Este espíritu guerrero lo representa mejor que nadie en el mundo Salman Rushdie. Su peaje fue un ojo, una profunda cicatriz emocional y física y casi la vida, cuando fue víctima de un atentado salvaje en 2022.


«La forma en que la censura se lleva a cabo en bibliotecas y escuelas en EEUU es realmente muy aleatoria. Si un padre se opone a que un libro esté en sus estanterías, se retira, y luego inicia un proceso de debate para permitir su regreso», explica el autor de Los versos satánicos, el libro de ficción más salvajemente perseguido durante casi 40 años por el integrismo islámico. «No hablamos de cualquier libro, algunos son los más importantes jamás escritos, como Cien años de soledad, Huckleberry Finn o Matar a un ruiseñor, obras que los jóvenes deben leer. Quitárselos es algo horrible», sentencia Rushdie.


Defensores mucho menos conocidos en esta guerra son, sin duda, los profesores, que conforman el cordón umbilical -en ocasiones el único- entre la literatura y los adolescentes. Con un peaje a veces mucho más serio que la reprimenda de un director de un colegio o la multa de un ministerio. Que se lo digan a Summer Boismier, profesora de Lengua de secundaria en Oklahoma (EEUU). Esta joven había reunido en su casa una biblioteca de 500 volúmenes cuyos ejemplares prestaba a sus estudiantes más ávidos de nuevas lecturas. Entre ellas estaba El señor de las moscas, clásico de William Golding que se lee con devoción desde hace décadas en tantos institutos españoles como literatura iniciática a la adolescencia. Como sucede con Florida, la aprobación de una ley estatal para presionar a los docentes para el control de los contenidos de las bibliotecas escolares genera una gran controversia. En 2024 se le retiró a Boismier la licencia que le permite enseñar por contradecir el espíritu de la norma prestando libros prohibidos. No es la única.


En los últimos años, cientos de maestros por todo Estados Unidos han afrontado medidas disciplinarias o perdido sus empleos por oponerse a la ley al menos en 20 estados diferentes. Esta profesora todavía no se rinde. El año pasado presentó una demanda federal contra el estado de Oklahoma y contra su superintendente educativo argumentando que se había violado su derecho a la libertad de expresión.


La complejidad del entramado legal hace que en el país la Junta Estatal de Educación amenace a los distritos con la pérdida de la acreditación escolar. En cierta forma, se pide a los profesores de los colegios que sean ellos quienes hagan de censores purgando libros. Se impide un acceso a cualquier «contenido perturbador relacionado con la violencia, el sexo, la religión y las armas». Es decir, un altísimo porcentaje de la historia de la literatura universal. El control de contenidos alcanza todo tipo de obras, que van desde La naranja mecánica de Anthony Burguess (un clásico de la represión) hasta las mismísimas novelas de Harry Potter, acusadas en algunos centros religiosos de presentar «maldiciones y hechizos reales».


La resistencia literaria de profesores y alumnos cuenta, desde abril de 2022, con un aliado vigoroso: el programa Books Unbanned (Libros desprohibidos), promovido por la Biblioteca Pública de Brooklyn. Esta iniciativa ofrece a los jóvenes de entre 13 y 22 años residentes en cualquier lugar de EEUU una tarjeta que da acceso a toda la colección digital de la biblioteca, compuesta por medio millón de títulos.


«Aunque las críticas a los libros y las ideas no son nada nuevo, estamos siendo testigos de un esfuerzo cada vez más coordinado y con motivaciones políticas para retirar libros de las bibliotecas de todo el país», dice Edwin Maxwell, bibliotecario jefe de esta institución.


Desde su lanzamiento, 10.000 adolescentes han solicitado una tarjeta y han consultado más de 450.000 libros. Los títulos más demandados, así como los más perseguidos en diferentes jurisdicciones, son tan subversivos como las novelas Ojos azules, de la Nobel Toni Morrison, y Matar a un ruiseñor, el clásico de Harper Lee.


«La verdadera preocupación no es que se haya prohibido un título concreto, sino que se prohiba cualquier título», sostiene Maxwell. «Ofrecemos acceso a libros con todos los puntos de vista, defendiendo con fervor tanto aquellos cuyos valores compartimos como los que no, porque la libertad de elección es un pilar fundamental de la democracia».







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