La Atlántida íntima y devastada de Rosa Chacel
16/7/2026
L
a profesora Anna Caballé aborda la tormentosa figura de la escritora vallisoletana en una soberbia biografía
Nadie escribe en España biografías como Anna Caballé (Hospitalet de Llobregat, 1954). La ensayista y profesora universitaria catalana, seducida desde niña por el perfume de los libros y el misterio de las vidas ajenas, dos senderos divergentes que, sin embargo, conviven sin problemas dentro de un género que en España no ha gozado de excesiva fortuna, ha dedicado toda su carrera académica y su tarea como investigadora a cubrir, mediante un trabajo sostenido, esforzado y ambicioso, este llamativo vacío histórico y literario, pues ambas disciplinas cohabitan en el cuerpo de los libros consagrados a retratar a los individuos y destinados a dar sentido a lo que, en apariencia, no lo tiene: esas existencias que el azar gobierna igual que maneja sus marionetas en un retablo de atracciones un titiritero.
De esta trayectoria da buena cuenta su trabajo al frente de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona, su ensayo El saber autobiográfico (Premio Jovellanos), donde esboza su poética sobre el arte de narrar las presencias terrestres de este mundo, y sus propios libros, caracterizados por un arduo ejercicio de documentación —y lo que es más inusual y nada frecuente— una capacidad literaria envidiable.
Caballé ha escrito obras de referencia sobre Francisco Umbral —El frío de una vida (Debate)—, Carmen Laforet —Una mujer en fuga (RBA); escrita junto a Israel Rolón—, Concepción Arenal —La caminante y su sombra (Taurus), Premio Nacional de Historia—, Carlos Castilla del Pino —Cinco conversaciones (Península)— y Rosa Chacel (1898-1994), una escritora desconocida para el público actual que formó parte de la Generación del 27, se mezcló con la intelectualidad de la efímera España de los primeros modernos —la anterior a la Guerra Civil— y, durante toda su vida, entre el exilio amargo y un agrio tornaviaje, siempre con asombrosa obstinación —sin excesivos lectores, sin una placenta literaria y social duradera, con un carácter de mil diablos— nunca dejó de escribir(se).
Íntima Atlántida (Taurus) es la mejor de todas sus biografías. Y esto significa decir mucho, porque Caballé ha desmentido ese lugar común de que, frente a lo que sucede en Inglaterra, Estados Unidos o Francia, los españoles únicamente conciben el relato de los grandes personajes de su historia de dos maneras, ambas extremistas. Por un lado, las vidas de santos (las hagiografías); por otro, el lienzo denigrante de nuestros grandes demonios (las biografías desmitificadoras).
Los libros de Anna Caballé, en cambio, discurren por un territorio fértil e inexplorado —nada es más misterioso que la vida de quienes tenemos cerca— que, sin menoscabar la dignidad del retratado, caminan, sin miedo pero sin hacer concesiones, en busca de la verdad biográfica, que no es exactamente la empírica (aunque se le aproxime), sino la que, en función de los datos y los materiales disponibles, viene a establecer el biógrafo.
Incomprendida y olvidada Este libro de Caballé es una obra maestra. Tiene todo lo que un lector demanda de una buena biografía: capacidad introspectiva, distancia táctica, clarividencia, intuición, una perspectiva abierta que hace que no haga falta conocer la figura de Chacel o haberla leído para disfrutar del relato sobre su vida, y una indudable capacidad narrativa. Todo está condensado en el título, que es al mismo tiempo descripción exacta y metáfora. Mito.
La literatura de Chacel, incomprendida, maltratada, olvidada, formada por novelas sin trama, memorias prematuras, unos diarios agónicos —las alcancías— y a ratos crueles, y una nutrida correspondencia, está surcada por una contradicción: aspiran a contarlo todo, pero no abandonan nunca el territorio de los secretos y la elipsis. Chacel fue una escritora sin lectores y, salvo en etapas muy concretas de su vida, sobre todo a partir de los años setenta, cuando fue reivindicada por generaciones posteriores a la suya, fue minoritaria, casi clandestina. No es nada fácil de descifrar.
Y, sin embargo, en este hermetismo es donde residen sus secretos y su atractivo, que la ensayista catalana va dibujando a lo largo de las tres partes de este libro, cuyo hilo conductor, además de la influencia de la familia —la biografía empieza con un retrato retrospectivo de Zorrilla (su madre era la sobrina nieta del poeta), un ambiente que condicionaría para siempre su personalidad—, es la insatisfacción casi genética de la escritora, practicante (avant la lettre) de la teoría de las minorías selectas de Ortega y Gasset.
Chacel fue una mujer solitaria, incapacitada para las relaciones y los vínculos sociales duraderos, encerrada dentro de su propia burbuja y sin misericordia con aquellos que le decepcionaron. Fueron muchos, entre ellos su marido y su hijo. Su tragedia fue dejar su autoestima, aunque fingiera hacer justo lo contrario, en manos de los demás. Esta paradoja es la que —como ha sabido ver Caballé— hace fascinante al personaje, que fue, sobre todo, víctima y a la vez asesina de sí misma.
Drama íntimo En cierto sentido, pero con un registro literario absolutamente diferente, sus libros, incluso su autobiografía —Desde el amanecer—, que termina a los diez años de edad, cuando se traslada a Madrid y declara, sin inmutarse, que su personalidad en ese momento ya estaba hecha, tienen en común con los de Josep Pla la voluntad de ocultar la identidad mediante la práctica recurrente de la autobiografía real o simulada, con la diferencia de que el periodista ampurdanés fue un bon vivant, un ser hedonista y sensitivo, dueño de una prosa eficaz, plástica y feliz, y en el caso de Chacel las notas dominantes son la oscuridad, la amargura y la insatisfacción perpetua.
Caballé pone música a todos los silencios de Chacel. Profundiza en su matrimonio fallido —y lleno de infidelidades tras sus años dorados en Roma— con el pintor Timoteo Pérez Rubio. Esta experiencia explica su huida de Río de Janeiro a Buenos Aires, donde tuvo que sobrevivir del aire —clases y traducciones— y recibir ayuda económica de la amante de su esposo durante más de 30 años.
Este drama íntimo aparece, en crudo, en su correspondencia, junto a otras cuestiones delicadas, como su orientación sexual. El fracaso marital afectó de lleno a su personalidad, del mismo modo que su entorno familiar —una escolarización doméstica y la vida en un mundo lleno de mujeres fuertes y hombres débiles— acaso hiciera que su imagen sobre sí misma no se ajustase la mayoría de las veces a la valoración de su figura por parte de los demás.
Era inflexible, obstinada y testaruda. Y estos tres rasgos, según Caballé, explican en buena medida su escasa suerte editorial —sus novelas tienen una clara vocación vanguardista y huyen de la tradición realista española— y su fama de arisca, que es el calificativo recurrente que aplican a otros quienes camuflan con aire de condescendencia la envidiable rebeldía de aquellos que se creen mejores que nadie porque, a veces, lo son de verdad.
Indomable Chacel fue una de estas raras criaturas: más ambiciosa que la media e incapaz de autocrítica. Testaruda. Una indomable entre los indomables. Una de las sorpresas de esta biografía es el sabio ejercicio que hace Caballé al describir la frustración que acompañará durante toda su vida a la escritora vallisoletana: la biógrafa no se recrea en ella, pero tampoco la disimula porque, sin hacer honor a la verdad, no pueden explicarse sus tormentas, incluidas las políticas, que distinguen sus preferencias ácratas de los relatos maniqueos sobre el exilio comunista y republicano.
La biógrafa utiliza los defectos personales de Chacel para entenderla, sin condenarla, en una muestra, digamos que cervantina, de piedad inteligente. Si Chacel probablemente sintió muchas veces lástima de sí misma —aunque no lo confesase jamás—, Caballé hace lo contrario: nos muestra sus heridas sin denigrarla ni hacer caricatura de su drama. Su libro tiene, además de la virtud documental, imposible sin un trabajo constante y disciplinado, la capacidad de emocionar, inusual en otros muchos retratos biográficos, que lo confían todo al rastreo de fuentes, testimonios y a los hallazgos eruditos.
En esta Íntima Atlántida hay crueldad y melancolía. Hambre. Soledad. Incomunicación. Carnalidad. Misticismo y miseria. El talento de Caballé consiste en descubrirnos que, detrás de aquella aparente abuelita, una mujer sonriente con gafas colosales y cabello de plata, despeinado por la vehemencia, que en la televisión de nuestra infancia veíamos desgastada por el tiempo y las idas y venidas de una vida difícil, igual que un fantasma del pretérito, palpitó una vez el angustioso volcán de la vida amarga.