Hacer apología de que escribes libros para el “pueblo llano” no te hace popular, te hace clasista y agente encargado de mantenerlo en la marginación intelectual
Resulta curioso, que no sorprendente, que una de las primeras declaraciones de
Juan del Val la misma noche en que recibía el Premio Planeta fuera: “Se escribe para la gente, no para una supuesta élite intelectual”. Siempre me sorprendo cuando alguien habla de lecturas para la élite, frente a lecturas para el supuesto “pueblo llano” y que él se encuadra, por supuesto, en esa “gente”. Me sorprendo, pero no me extraño, porque sé lo que lleva implícita esa afirmación, aun queriendo parecer lo contrario: “Yo, que soy de los de la élite, voy a escribir para el pueblo llano… e inculto, porque eso vende. Trabajadores, clase media, que no sois capaces de consumir cultura, aquí estoy yo con mi novela, compradla que está escrita para vosotros”.
Me explico haciendo un poco de memoria histórica para precisar la frase en cuestión.
El caso es que la idea de que la cultura —incluyamos aquí además de la literatura otras muchas disciplinas, claro—pertenece a todos y no tiene, o no debería tener, un componente de clase tiene sus raíces en el pensamiento de izquierda. Mientras que la “exquisitez” y “elitismo” de la cultura es un pensamiento de la derecha, o sea, de clase. Recordemos a Ortega y Gasset (intelectual de derechas) y
La rebelión de las masas (1930) señalando que la cultura es una creación de minorías exigentes y disciplinadas, no del pueblo en general, que la echa a perder. Y su defensa de que toda civilización precisa de una élite culta que salvaguarde los valores, las artes y el pensamiento en un nivel alto. ¡Qué haríamos sin ellos, pobre pueblo iletrado!
Frente a él, no solo
María Zambrano y su defensa democrática de la cultura, o Simone de Beauvoir y su defensa de la universalidad de la cultura y la educación. También María Teresa León, que a propósito de las representaciones teatrales de La Tragedia optimista decía: “He oído decir muchas veces: ‘Los soldados no entienden’, y yo me rebelo contra estos medios-cultos pedantes, porque los que no entienden son ellos. Un campesino nuestro comprende cualquier obra de teatro clásico”.
María Teresa León sabía de lo que hablaba, estaban en guerra y defendía a todos aquellos que luchaban en el campo de batalla y, además de pelear, tenían derecho a la cultura y, por supuesto, a no dudar de su capacidad de entendimiento. Un teatro, una cultura para todos, porque todos podemos entender el arte. Una idea que también defendió el propio Federico García Lorca y explicó Ramón J. Sender en su Teatro de masas, en aquellos años. Un principio, dicho sea de paso, en el que se sustentaron los valores del
régimen republicano del que ellos fueron partícipes, cuando quisieron universalizar la educación.
Pero la lista de escritores que piensan similar es inmensa: Gramsci, Engels, Lessing, Brecht, Galeano, Woolf, Benedetti, García Márquez… todos ellos han defendido —sin decirlo explícitamente— que sus trabajos son para todo el mundo, porque todo el mundo tienen derecho a leerlos. Algo que, no hace falta que yo lo diga, es fácil comprobar leyendo sus obras, y que sean autores muy vendidos, no hace de sus trabajos ni mala literatura, ni una literatura “para la gente”. Eso sí, es literatura popular, o sea para todo el mundo.
Y no voy a negar, para que se entienda mejor mi argumento, que hay cultura de élite, como también hay deportes de élite, y nadie deja de jugar o disfrutar del fútbol o del tenis, porque no tenga las altas capacidades de Cristiano Ronaldo o Rafa Nadal.
Porque las diferencias entre unos lectores y otros, me temo, poco o nada tiene que ver con el intelecto, sino con la posibilidad de acceder a la cultura —que no es un acceso barato—.
Por eso María Teresa León y sus Guerrillas del Teatro se fueron al frente a hacer teatro, donde no había otra posibilidad de acceso al entretenimiento.
Tal vez, esos mismos que distinguen entre “lecturas para la gente” y “lecturas para la élite”, lo que están diciendo es: mantengamos a la gente bajo mínimos literarios —recortemos en educación, en cultura, en definitiva—, porque es la mejor manera de evitar que haya ciudadanos con conciencia crítica, que cuestionen el poder y traten de mejorar la sociedad, porque así conseguirán desmantelar la democracia y dejarla en manos de esa élite sin nadie que cuestione sus atropellos.
Aceptar, e incluso hacer apología, de
libros para el pueblo y libros para la élite, supone asumir que al pueblo se le va a mantener en un cerco de limitación intelectual del que no debe salir. Y presentarte como dedicado a los libros destinados a ese pueblo no te hace popular, te hace clasista y agente encargado de mantenerlo en la marginación intelectual.
Igual también, ya que estamos, deberíamos empezar a distinguir entre calidad literaria y elitismo, entre literatura y entretenimiento, entre cultura para transformar la sociedad y cultura para mantener el orden. En definitiva, lo que tenemos que hacer, y exigir que el Estado colabore a ello, es esforzarnos en elevar la cultura y el acceso a la misma, no presumir en rebajar la calidad de los libros.