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Los hombres, novelados por las mujeres
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Los hombres, novelados por las mujeres
  19/8/2026



P rotagonistas extremos (borrachos, mujeriegos, agresivos); padres y maridos distantes; y, también, el hombre bueno y sensible. Tres puntos de vista distintos en la narrativa femenina más reciente

¿Hay algo más casposo que un empresario cazando rinocerontes en África? ¿O que un cincuentón entrando en la discoteca y guiñando el ojo a todas las nenas? ¿O incluso que un borracho protestando ante la negativa del camarero a servirle la última copa? No, no parece que haya muchas masculinidades tan tóxicas, decadentes y caricaturescas como las aquí expuestas. Y, aunque pueda parecer que estos tres modelos de hombre han sido extraídos de alguna película en blanco y negro, lo cierto es que corresponden a los protagonistas de tres novelas de este 2026 escritas por autoras de primera fila, en concreto por Gaea Schoeters (El trofeo / El trofeu), Rumena Bužarovska (Toni) y Andrea Mejía (La sed se va con el río). Y no son las únicas que han decidido explorar en sus ficciones los tópicos que rodean –todavía hoy– el concepto de virilidad.

Resulta interesante que una parte no poco significativa de la narrativa escrita por mujeres se esté acercando a los hombres a través de figuras en cierta medida extremas. Al parecer, las escritoras que encabezan este fenómeno se han cansado de los maridos distantes, los padres ausentes y los amantes insensibles que sus antecesoras solían describir en sus novelas, y han empezado a explorar las formas exacerbadas de poder, violencia o brutalidad que se detectan en el universo masculino. Un ejemplo de esta transformación lo encontramos en la ficción escrita por la belga Gaea Schoeters, quien ha levantado el aplauso de la crítica europea al meterse en la piel de un inversor que viaja a África para cazar un rinoceronte negro y que, sin embargo, acaba pagando por una cacería humana.

La escritora asegura que creó a este personaje –que, para mayor gloria del estereotipo, se llama Hunter White (Cazador Blanco) y maneja el mismo rifle que Ernest Hemingway– porque quería entender la mentalidad del hombre blanco privilegiado, colonialista y adinerado que se cree con derecho a hacer cuanto le venga en gana, amén de que también quería analizar los mecanismos que rigen la violencia, un fenómeno en su opinión mayoritariamente masculino. En este sentido, se podría decir que su intención a la hora de escribir El trofeo / El trofeu habría sido la misma que la de Vladimir Nabokov al crear a Humbert Humbert en Lolita, o que la de Ariana Harwicz al construir el monólogo de Degenerado: adentrarse en la mente del monstruo.

Por su parte, la macedonia Rumena Bužarovska lleva tiempo satirizando la masculinidad autodestructiva, performativa y victimista que asegura detectar en su país. Lo hizo en sus libros de relatos Mi marido y No voy a ninguna parte, y continúa haciéndolo en su primera novela, Toni, protagonizada por un exroquero de mediana edad que mantiene una imagen idealizada de sí mismo y que es incapaz de aceptar la caducidad tanto de su atractivo físico como de su forma de pensar. Un personaje, por tanto, emparentado con aquel Vernon Subutex que Virginie Despentes instaló en la literatura europea hace ya una década, o incluso con aquel otro Charles Arrowby (El mar, el mar) que Iris Murdoch convirtió en resumen del intelectual egoísta, insensible y megalómano que tanto se detecta en los ambientes culturales.

Bužarovska disfruta ridiculizando a ese tipo de hombres. Es más, un plan secreto justifica todo su trabajo: el de acabar con el prestigio de esa gran novela masculina que, a su entender, sigue dominando el mercado: “Todas las mujeres podemos escribir sobre la experiencia masculina por un simple motivo: nos hemos educado viendo películas de hombres, leyendo novelas de hombres, leyendo historias de hombres… Las mujeres conocen y entienden a los hombres, mientras que los hombres siguen considerando a las mujeres un misterio”.

Realmente, durante buena parte del siglo XX, la literatura occidental ha puesto al hombre como representante de la experiencia humana universal, dejando a las mujeres como una variante de dicha experiencia. En otras palabras: el varón ha ocupado el centro de gravedad del relato, relegando a su compañera a un segundo plano. Esto es algo que se ve especialmente en el western, un género narrativo en el que la mujer ocupa únicamente el papel de esposa abnegada o prostituta. De ahí que las escritoras contemporáneas también estén asaltando la literatura de frontera y la estén reescribiendo sin, curiosamente, ponerse ellas en el centro del relato y dejando que sigan siendo los hombres quienes dominen el argumento. Los neowesterns escritos por narradoras florecen por doquier, siendo destacable el trabajo de la argentina Mariana Travacio, la brasileña Ana Paula Maia y la española –asturiana para más señas– Carolina Sarmiento.

 Sarmiento acaba de estrenarse en el género con Las fronteras, una distopía en la que imagina a un planeta partido en dos: en una mitad, se prohíbe la presencia humana y se favorece el crecimiento de la flora y fauna, mientras que en la otra se apelotona la población mundial. Entre ambos territorios, guardas estilo rangers que, en ocasiones, se ven obligados a usar la violencia para impedir que los cazadores furtivos crucen la frontera. “Crecí viendo películas del Oeste y leyendo novelas escritas y protagonizadas por hombres –asegura Sarmiento–. Mi juguete preferido, de hecho, era el fuerte de Playmobil. Supongo que por eso no me detuve a pensar si mi novela debía tener un protagonista masculino o femenino. Me pareció obvio que debía ser un hombre”.

A la escritora brasileña Ana Paula Maia le ocurre exactamente lo mismo. Reconoce una influencia directa de directores como Sergio Leone, aun cuando sus novelas no estén ambientadas en ningún tipo de frontera, sino en entornos laborales donde el hombre se ve sometido a un desgaste físico y psíquico evidente, como de hecho ocurre en De ganados y hombres, Búfalos salvajes y en Así en la tierra como debajo de la tierra, novelas cuyos protagonistas trabajan en mataderos, carreteras y penitenciarías, respectivamente. Maia no quiere analizar la mentalidad del hombre violento, sino mostrar que los espacios de sacrificio y brutalidad laboral siguen estando ocupados, normalmente para su desgracia, por hombres.

Por su parte, la argentina Mariana Travacio trabaja lo que la crítica especializada ha llamado neowestern rioplatense o western criollo. Sus ficciones se desarrollan en espacios abiertos, normalmente desérticos, en los que ha desaparecido el imperio de la ley y en los que los personajes se mueven en los márgenes de la sociedad. En sus títulos más conocidos, Como si existiese el perdón y Quebrada (ambas en Las Afueras), la autora rompe con el mito fundacional estadounidense al prescindir de la promesa de progreso y de la epopeya de conquista tan habitual en el género.

Saliendo de los territorios áridos del western, pero sin alejarnos de la naturaleza, cabría destacar la atención que Selva Almada prestó a la virilidad rural en su Trilogía de los varones, compuesta por El viento que arrasa, Ladrilleros y No es un río, las tres publicadas recientemente en Random House. Ambientadas en los paisajes inhóspitos y calurosos del interior argentino, sus historias se sumergen en comunidades donde el impacto del feminismo urbano es casi inexistente y donde, en consecuencia, las dinámicas patriarcales continúan operando de forma opresiva. De algún modo, Almada describe una masculinidad entendida como código cerrado de pactos, alianzas secretas y silencios compartidos entre hombres. Un ejemplo paradigmático de esta construcción de mundos enteramente masculinos lo encontramos en el arte de la pesca, una actividad descrita por la autora como un espacio exclusivo de iniciación viril donde los padres introducen a los hijos varones, vetando por completo el acceso a las mujeres o al ámbito familiar tradicional.

Pero hay otra actividad que los hombres realizan cuando se agrupan: beber. El alcohol es, de hecho, el tema principal de La sed se va con el río, donde la autora colombiana Andrea Mejía narra la desesperación de los parroquianos de una cantina cuando desaparece el camarero/chamán que elaboraba ese orujo de bejuco con el que no solo se emborrachaban, sino que también alucinaban. Mejía no muestra al hombre atrapado en una masculinidad tradicional (violenta, heroica, egoísta), sino a otro caracterizado por la vulnerabilidad, la soledad y, sobre todo, la dependencia. “Mi novela tiene un trasfondo cultural auténtico –explica la autora–: el de la medicina tradicional indígena, una actividad tremendamente controlada por los hombres, cuando lo lógico sería que lo fuera por las mujeres”.

Hasta hace poco, las escritoras que ponían a los hombres en el centro de sus novelas optaban por explorar la sensibilidad que había en ellos. De algún modo, las narradoras buscaban la “parte femenina” que había en ellos, tratando de imponer la idea de que existía un tipo de masculinidad ajena a la violencia, el control y la manipulación. Fue la época en la que triunfaron novelas como Tan poca vida, de Hanya Yanagihara, y Gente normal, de Sally Rooney. Y, aunque podría parecer que este tipo de novelas ya no se estilan y que ahora triunfa la narrativa en la que ellos son agresivos, crueles e insensibles, lo cierto es que todavía quedan escritoras que buscan el lado sensible de los hombres. Por ejemplo, Inma Pelegrín, autora cuya novela Fosca tiene como protagonista a un niño tan sensible que consigue encajar en la España rural de los sesenta recreada por la autora.

Otro ejemplo de autora que explora la sensibilidad masculina lo encontramos en Bibiana Collado, cuya novela Marcelino tiene como protagonista a un anciano que, en plena posguerra, muestra unos rasgos poco explorados en la literatura española de la época: la tolerancia, la ternura, la honestidad. Frente al tremendismo que caracterizó a la narrativa de los años cincuenta, Collado pone al arquetipo del hombre bueno en el centro de su relato y estudia su psicología en un ambiente obviamente hostil. Aun no habiendo construido un protagonista malvado, Collado entiende perfectamente el motivo por el que sus colegas lo están haciendo: “El hecho de que numerosas autoras estén incluyendo en sus ficciones personajes masculinos que representan el daño, la herida, el dolor y la violencia, no deriva de una voluntad específica por plantear al género masculino en negativo, sino que es fruto de la necesidad de incluir en nuestros productos culturales, en los libros que leemos, esas realidades que nos atraviesan, que nos marcan y que suelen estar invisibilizadas”. Y añade: “La literatura parte de la vida y, por desgracia, la vida está marcada por las violencias que infringen los hombres”.

Ahora bien, si una de las críticas más habituales hacia la literatura escrita por hombres ha sido la tendencia histórica a reducir a las mujeres al papel de musas, santas o locas, cuando no prostitutas, ¿no es lícito pensar que, al convertir ellas a los personajes masculinos en borrachos, mujeriegos y agresivos, además de simplones, están perpetuando un patrón igual de monolítico que el erigido por sus contrarios? Sea cual sea la respuesta, lo que es evidente es que el fenómeno de las escritoras que eligen contar historias a través de los ojos de los hombres no puede interpretarse como una moda pasajera ni como un mero ejercicio estilístico de travestismo literario. Representa una toma de posición política y estética de primer orden. Una toma de posición que, en cierta medida, tiene pinta de revancha.


Álvaro Colomer-Lavanguardia




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