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Vernon Lee, truculenta y elegante
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Vernon Lee, truculenta y elegante
  17/1/2026



L a edición anotada de Cátedra de seis de sus relatos fantasmagóricos y oníricos resulta una exaltación de la obra única de la narradora decadentista británica

En invierno hay mejor ocasión para leer solos los relatos que contienen ese punto de misterio, incluso de temor, que acompañan las narraciones de la británica Vernon Lee. Como muchos de los grandes escritores ingleses, Vernon pasó prácticamente toda su vida fuera de la isla. De hecho, Violet Paget nació en 1856 en Bolougne-sur-mer y murió en San Gervasio Bresciano en 1935. Su padre era de origen polaco, exiliado a Francia después de la Insurrección de Varsovia de 1848, y su madre galesa de procedencia jamaicana. Además, gran parte de su inmensa obra está dedicada al estudio del arte, la arquitectura y las culturas de los numerosos países que conoció. No se limitó a contemplarse el ombligo como tantos británicos, incluso los del Imperio, sino que su conocimiento derivó hacia la curiosidad, de la cual su obra es un reflejo. Quizá sus relatos de inspiración gótica sean los que hayan calado de manera más profunda entre los aficionados.

De hecho, su último libro publicado en nuestro país es una magnífica edición de seis relatos, Esa maldita voz y otros relatos fantasmagóricos, que nos llega a través de las impecables ediciones anotadas de Cátedra, traducido y con un extenso prólogo inicial del veterano Juan Antonio Molina Foix, un héroe que dirigió entre 1973 y 1977 la prestigiosa editorial Nostromo, una parte de la cual conservo en la cabecera de la cama, acompañándome con títulos como los de Jean Lorrain, Charles Baudelaire, E. T. A. Hoffmann, Sheridan Le Fanu y Remy de Gourmont, pero también los inigualables relatos de Dylan Thomas, Rafael Sánchez Ferlosio y tantos otros.

Molina Foix ha reunido esta antología de cuentos, o de novelas breves, de una escritora que fue un personaje en toda regla. De hecho, el prologuista establece una analogía con Henry James, amigo e interlocutor de la escritora, definido como un “tardorromántico decadentista”, acusado de poseer una imaginación fantásticamente perversa a la par que una sobrecarga de ornamentación helenística y sus grotescas metáforas extrañamente misteriosas. Esas acusaciones a Henry James, Molina Foix las hace extensibles a Lee. También esos reproches son los que los han convertido en mitos literarios para los amantes del decadentismo y el simbolismo. En caso de Vernon, también el barroco. Apunta que ni siquiera Le Fanu o M.R. James pueden superar su genio, parafraseando a Montague Summers. En nuestro país, tanto en catalán como en castellano, infinidad de publicaciones la han popularizado. Desde las históricas catalanas de Laertes y Ensiolahasta las castellanas de Atalanta, Reino de Redonda, Athenaica, Valdemar, Airam, Blanco Satén, Duomo e incluso libros de divulgación cultural como El espíritu de Roma, en Línea del Horizonte, La viajera sentimental, en Abada, La psicología de una escritora de arte, en Carpe Noctem o Mi vida estética, en La Micro. La última aportación, junto a la aquí comentada, es El jardín de la vida, ensayos sobre la vida cotidiana, en Elba.

El hecho de ser una decadentista en épocas de vanguardia y de músculo ideológico la ha significado todavía más por ir a contracorriente. Vernon Lee es cultura desatada. Para los no iniciados —¡qué suerte poder descubrirla!—, la edición de Cátedra resulta una exhortación a una obra única desde esos relatos fantasmagóricos y oníricos que nos propone. En su deseo de describir es tremendamente moderna porque conecta con la narración cinematográfica y resulta tan convincente como Tolstoi. Dama renacentista, radicada en la Toscana, Vernon Lee hurga en la narrativa de fantasmas como nadie. Henry James calificó sus relatos precisamente de “truculentos, elegantes y geniales”. El que más placer me ha producido ha sido La virgen de los siete puñales, ambientado en la Granada del siglo XVII. El barroco, lo morisco o el homenaje a Calderón tienen aquí el regusto de la totalidad. Ante la princesa más bella, uno se siente acuciado, reflejado en las estalactitas de murciélagos que surgen del techo.


David Castillo- La Vanguardia





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