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Muere Beatriz de Moura, fundadora de Tusquets y leyenda de la edición
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Muere Beatriz de Moura, fundadora de Tusquets y leyenda de la edición
  18/4/2026



Adelantada a su tiempo, reina de la Barcelona literaria, estuvo al frente de la editorial durante 40 años



Beatriz de Moura, leyenda de la edición, fundadora de Tusquets, ha muerto a los 87 años. Cuando puso en marcha su editorial, con su primer marido, el arquitecto Óscar Tusquets, se encontró en la noche de entonces con un colombiano estrafalario al que ella llamaba Gabito, hasta que supo que era Gabriel García Márquez. Este andaba por las noches de Barcelona buscando amistades, y Beatriz fue de las primeras.


Una de aquellas noches de parranda halló que su amigo estaba en un corro hablando de un libro suyo del que ella no tenía noticia. Era Cien años de soledad, del que ya se empezaba a hablar en Argentina. Nunca pudo luego atrapar al que sería en seguida el más grande, con Mario Vargas Llosa, de los divos del boom, pero este le regaló para siempre Relato de un náufrago, el libro más vendido de los libros pequeños del autor de El coronel no tiene quien le escriba.


Ha muerto Beatriz de Moura (Rio de Janeiro, Brasil, 1939), a la que tanto se quería. Cuando aquella editorial que fundó y de la que estuvo al frente durante 40 años, Tusquets, por el nombre del arquitecto, se puso en marcha, ella fue por esos mundos buscando autores, tratando de comprobar la literatura de su gusto. No publicó jamás algo que no le gustara.


“Lamentamos comunicar que hoy nos ha dejado Beatriz de Moura”, ha comunicado la editorial Tusquets, que ha calificado a la editora como “mujer brillante y desprejuiciada, cosmopolita y aguerrida, precursora de tantas cosas y alma de la editorial”.


Siendo una joven de falda chica (lo fue casi siempre) se acercó a Tenerife para presentar ella misma, que era una chiquilla, el primer libro que se publicó en España sobre el paso de Andrè Breton y el surrealismo, que llegó a la isla antes que a la Península. El autor de aquel libro triplicaba la edad de Beatriz, pero allí estaban ellos dos evocando a Breton y a la más audaz de las hazañas literarias del siglo XX. Ella iba siempre buscando y encontraba así un mundo entero en el que mandaban el gusto y la alegría.


Es inolvidable, lo será siempre, y ella se olvidó de sí misma estos últimos años, como si la bruma de la vida rompiera su pasión por discutir, por jugar, por reír, porque reírse de todo era también una manera de prolongar la noche. Esa noche en la que entró, contaban sus amigos y sus compañeros de Tusquets, nunca la tuvo ajena a su propia manera de ser: mantuvo entonces el espíritu aquel de las noches de otro tiempo, cuando invitaba a su casa a los que estuvieran descarriados en Barcelona, para ver partidos de fútbol que, en su tiempo de lucidez, ella miraba a medio lado.


Esta editora singular, inigualable, fue como Kim de la India, la amiga de todo el mundo, pero era dura (lo fue hasta con Almudena Grandes, la gran autora de Tusquets, que terminó despachando con Antonio López Lamadrid para que las aguas del gusto no cambiaran de cauce). Luego serían, otra vez, inigualables, cercanas y queridas.


Los nombres propios de su casa son ahora una legión en la que hay jóvenes que vinieron más tarde o veteranos que ahora estarán velando una muerte difícil de llevar, como todas las muertes, pero en este caso con el agravante de que ella, que fue tan viva, tan hermosa en el habla de la amistad, ya no sabía que era aquella mujer que seguíamos celebrando.


No hubo nada que dijera, de sus autores, de los libros en general, que no respondiera a la pasión que le ponía a su modo de expresar el gusto. Cuando se encariñó (para siempre) con Milan Kundera, éste la sometió a un test: “Sé tú quien me traduzca”. Fueron amigos para siempre, Toni López estaba allí, esperando que la editora y el escritor juntaran sus exigencias.


Cerca de todo el mundo, vivió la marcha de la editorial de Javier Cercas como un dolor, pero tuvo cerca abundante nombre propio, cuidado por Toni, por Juan Cerezo, por tantos que no han dejado jamás el sitio que antes fue la casa de la propia Beatriz, después fue la hermosa casa en Cézare Cantú y finalmente fue la sede actual en los predios de Planeta, a cuya égida ahora pertenece Tusquets.


Ese lugar, en el que ahora se debe vivir este momento como un luto mayor, como lo ha de observar el universo literario de España y del mundo, fue su último sitio, antes de retirarse a lo que ella quería que fuera su penúltima morada, poniendo en orden su vida entera. Luego vendría esa oscuridad de la que ella no supo, porque siempre hubo una luz en la casa en la que seguía recibiendo a sus amigos, a sus editores, a sus autores, como si ella viniera de vez en cuando al territorio de la alegría y de la risa.


Deja atrás, siempre en Tusquets, una ristra de nombres propios que son parte de lo que es imperecedero de esta editorial: el sonido de la amistad, del rigor, que Beatriz convirtió en en un lugar común inevitable. Sus encuentros tienen nombres propios: Luis Landero, Cristina Fernández Cubas, Orejudo, Padura, Eduardo Mendicuti, Celorio, Luis García Montero, Fernando Aramburu, Rafael Reig, tantos. Amistades suyas, ahí está, por ejemplo, Jorge Herralde, en la editorial Anagrama, siempre. De los que se han ido, Carlos Barral, Castellet, Esther Tusquets, Carmen Balcells… El mundo editoral, qué universo. Nombres llenos de pasión por la literatura, el debate y la risa en aquella Barcelona en la que ella era la reina de la noche que una vez supo que aquel muchacho que presumía de ser Gabriel García Márquez era en efecto el autor de Relato de un náufrago.


Hace años hice un libro con ella, sobre su trabajo, sobre su vida, sobre sus amigos, sobre sus recuerdos. A veces era, en la conversación, la niña que fue, aquella mujer que se extrañaba de seguir siendo editora, la que escribía contra la pared, y otras veces parecía lo que era de veras: una mujer que nunca dejó de hacer de su oficio una pasión que contagió una época entera de la literatura.


“Era de una estirpe única, avanzada a su tiempo, desprejuiciada y de una curiosidad y una energía inagotables y sin barreras”. Así me dijo ayer Juan Cerezo el valor de sus lágrimas para Beatriz.




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