Gabriel Ferrater y Marta Pessarrodona, la última hoguera
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Gabriel Ferrater y Marta Pessarrodona, la última hoguera
26/8/2026
L
os dos poetas pasaron juntos los que serían los últimos cuatro años de la vida de él, marcados por su creciente alcoholismo. Les separaban veinte años y les unían los versos de Carner
A Marta Pessarrodona no le gusta demasiado hablar de Gabriel Ferrater. Lo hizo, puntualmente, en 1997, cuando se cumplieron 25 años de la muerte del poeta, y de nuevo este año cuando ha publicado (Re)visions, donde le dedica cuatro poemas al que fuera su pareja entre 1968 y 1972.
“Cuando nos conocimos me dijo que ya no era poeta, que ya solo le interesaba la Lingüística. Pero entonces, para acabarme de seducir, escribió un poema maravilloso llamado Midsommarnatt” , explicó la escritora a Marc Giró hace unos meses en el programa Vostè primer, de RAC1. Esa pieza, que Ferrater publicó el verano de 1968 en La Mosca, un boletín que dirigía Beatriz de Moura, evocaba la verbena de Sant Joan de ese mismo año, en el que la pareja recién estrenada recorrió media Barcelona iluminada por mil pequeños fuegos: “ Vaig saltar encara/ una foguera menuda. L’última?/Només uns mots /callats de sobre”.
En el poema, Ferrater habla de la Murtra, la planta mediterránea que en algunas islas se utiliza para hacer licor. Le pone una mayúscula que la convierte en una versión botánica de Marta. (“Un dia vas convertir-me en planta”, escribe ella en el poema Conversa impossible, o potser no). Y fue así, por la vía poética, como “un cierto núcleo de Barcelona”, como dijo Pessarrodona en el mismo programa, se enteró de que estaban juntos.
Ella tenía 26 años y él, 46. Ferrater se dolía aún por su separación de la única mujer con la que se casó, la periodista estadounidense Jill Jarrell. Se puede decir que antes de conocerse los dos poetas ya se habían leído, y se admiraban. Ella había comprado Menja’t una cama después de ver en Serra d’Or una foto de Ferrater que le hizo pensar que por fin había un hombre guapo en la poesía catalana.
Aquel libro de 1962 contenía poemas a otra mujer de 20 años, Helena Valentí. También Ferrater estaba al tanto de lo que hacía Marta Pessarrodona, porque ese mismo año había presidido el jurado del premio Carles Riba de poesía. Por aquello de la política de los jurados y porque quizá Ferrater no estaba para imponerse, el premio fue para un autor mallorquín, Jaume Vidal i Alcover, pero a él los versos que le gustaron fueron los de la joven de Terrassa que ni siquiera acudió a la entrega de premios. De todas formas, tampoco él había ganado el Carles Riba.
La pareja aun tardaría unos meses en encontrarse. Fue en Terrassa, en la presentación del libro de ella, Primers dies de 1968, que él ofició de improviso, porque quien tenía que hacerlo, el crítico de arte Alexandre Cirici Pellicer, no llegó a tiempo. Tenían en común la afición por los versos de Carner y cierta estética familiar –hablaban el lenguaje de la burguesía culta de comarcas–, pero los dos se encontraban en momentos radicalmente distintos de sus vidas. Él, “ni feliz, ni infeliz”, sumergido en un“sopor emocional”, tal y como describe en una carta a Jill Jerrell que reproduce Jordi Amat en su biografía del poeta, Vèncer la por (Edicions 62, 2022), y cada vez más zarandeado por el alcoholismo. Ella, con la efervescencia y la vaga sensación de inmortalidad que es casi inevitable en la veintena.
Vivían entre el piso de él en Sant Cugat y el de ella en Barcelona. En una entrevista que dio Pessarrodona a la revista del Cercle de Lectura de Reus en 1997 describía así el día a día con Ferrater: “Su vida social era limitadísima, y tampoco sufría por el bienestar material, por tener una buena casa, un coche… Era un intelectual bastante puro. Como hombre, tenía el inconveniente del alcohol, pero era el hombre menos convencional que me he encontrado en la vida, aunque sí que intentaba mantener un cierto orden en los papeles. No era nada machista, pero tenía algunos tics de la época como creer que quedaba muy extranjero y muy bien que Ivonne Hortet fuese Ivonne Barral. En esos aspectos era muy convencional”.
Pessarrodona añade: “Me sorprendió mucho encontrar en una carta que publicó Joan Ferraté (hermano de Gabriel, también poeta y ejecutor de su legado literario), cuando nunca en la vida yo pensé en casarme, entre otras cosas porque habría sido complicado para mi familia, pero supongo que pensaba que quien se tenía que casar era él”. En su libro, Amat describe varios episodios de aquella época en los que la adicción a la bebida de Ferrater se hacía patente. Empieza a dar clases en la recién nacida Universitat Autònoma. Disfruta de la atención de los alumnos, sobre todo de las alumnas. Nunca tiene muy lejos un vaso de tubo lleno de ginebra. Más de una vez los vecinos se lo encuentran durmiendo en el portal. Los médicos le han dicho que su hígado ya no tiene remedio. Ha desarrollado cirrosis. Pessarrodona intenta, sin mucho éxito, mantenerlo alejado del alcohol y nunca deja de temerse lo peor.
El 27 de abril, vencido por la enfermedad, Ferrater se suicida en su piso de Sant Cugat. Ella, que siempre baña sus palabras de varias capas de ironía, cree que aquello fue una grosería, morirse así. Le molestan los oportunistas que aseguran haber pasado con él las últimas horas (su último día debió tener 70 horas, lapida).
“Lo único que faltaba para redondear la escena es que yo me hubiese muerto, pero no tuve ganas, y no se me perdonó mucho que siguiese viviendo y haciendo cosas. Hubiese quedado mejor”.
Tiene 84 años. Vive en una casa con jardín en el que crece la murtra, y pronto, si quiere, publicará el libro sobre Ferrater que ha prometido y que solo ella puede escribir.