Eva Cosculluela salda una vergonzosa deuda histórica rescatando el Lyceum Club Femenino
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Eva Cosculluela salda una vergonzosa deuda histórica rescatando el Lyceum Club Femenino
28/8/2026
S
e cumplen 100 años del nacimiento del Lyceum Club Femenino, una institución pionera y fundamental en la educación y cultura de nuestro país a la altura de la Residencia de Estudiantes y que, incomprensiblemente, se ha relegado al olvido. La periodista y antigua librera de Los Portadores de Sueños de Zaragoza, Eva Cosculluela, ha publicado “El club de las modernas” (Seix Barral) donde realiza una exhaustiva investigación para situarlo en primer plano.
Este año se celebran algunos actos conmemorativos del centenario, pero con poca difusión y nada espectaculares. Si pensamos que el Ministerio de Cultura se encuentra en la sede del Lyceum Club Femenino, la Casa de las Siete Chimeneas, donde estuvo desde 1926 hasta el año 1931, y que hasta que Manuela Carmena no fue alcaldesa de Madrid no había ni siquiera una placa que lo recordara, nos hacemos una idea de la importancia que en este país se le da a una institución que fue pionera en la educación de las mujeres y la promoción de la cultura. ¿Por qué es tan poco conocido el Lyceum Club Femenino?Tradicionalmente todo lo que hemos hecho las mujeres ha quedado siempre en segundo plano o tercero; lo importante era lo que hacían ellos y era de lo que se hablaba y lo que se recogía en los periódicos y en los libros. Las mujeres en esa época ni siquiera fueron borradas, porque para borrarlas primero había que haberlas considerado; creo que han sido directamente invisibilizadas porque ni siquiera las consideraban lo suficientemente importantes como para trascender ni para que se hablara de ellas después.
Llevamos casi 50 años de democracia y lo seguimos teniendo en el olvido. ¿Esa invisibilización de las mujeres continúa?Cuando me puse a escribir este libro, busqué qué porcentaje de mujeres de la literatura habían trascendido a los libros de texto y era un 15%, Las que aparecen son, digamos, incontestables. Si hablamos de la literatura del XIX y del XX en España, cómo no vas a hablar de Rosalía de Castro o Emilia Pardo Bazán. Durante la escritura del libro tenía en la cabeza una cosa: ¿cómo vamos a reivindicar a estas mujeres ahora si no las conocemos? No nos han contado lo que hicieron. Para hablar de ellas primero tenemos que conocerlas. Yo he intentado humildemente con este libro poner mi granito de arena para que estas mujeres sean de nuevo conocidas y de nuevo reivindicadas. Hicieron cosas importantísimas que merecerían estar, no solo en los libros de texto sino en las conversaciones, estar mucho más presentes en nuestra vida de hoy. ¿Cuál fue el detonante que te empujó a escribir El club de las modernas?El detonante real fue hace diez años; cuando descubrí el Lyceum por una carambola. Fui a ver una exposición sobre la Residencia de Señoritas, una institución homologa a la Residencia de Estudiantes pero para mujeres, y ya, en ese primer momento, me chocó mucho la nomenclatura. La de ellos era “estudiantes” y la de ella “señoritas”. En esa exposición compré el catálogo y vi que había un capitulito dedicado a la relación entre el Lyceum y la Residencia de Señoritas, las dos instituciones estaban presididas por María de Maeztu. El Lyceum Club me sonó tan distinto a todo lo que había en la época, además parecía muy misterioso porque empecé a buscar y casi no encontraba información, así que cuando vi algunos de los nombres de las mujeres que habían estado detrás, busqué sus memorias y textos biográficos, sin ninguna idea clara de escribir un libro ni mucho menos, sino por el afán de saber. También consulté la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional donde pasé muchas tardes yendo de un artículo a otro. Había oído hablar de las fundadoras: María de Maeztu, Victoria Kent o Zenobia Camprubí, pero de muchas otras no. Fue cuando pensé: “esto merece que lo recopile, que lo ordene y que cuente su historia”. ¿De ese grupo de mujeres desconocidas, quién te ha impresionado más?Me sorprendió mucho Nieves González Barrio, una precursora de la pediatría -en aquel momento se llamaba puericultura-. Fue una de las primeras licenciadas en Medicina en una época en la que las mujeres no accedían a la universidad, y las pocas que lo hacían estudiaban Magisterio, como mucho Enfermería, pero Medicina eran palabras mayores. Fue una mujer inteligentísima, brillantísima, que se preocupó mucho por la nutrición de los niños; en aquel momento había una tasa enorme de mortalidad infantil por desnutrición. Gracias a las ayudas de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas se formó en Europa y en Estados Unidos. Su primer destino como médico fue Tetuán. Cuando lo leí, creí que la habían enviado allí como castigo, y sin embargo fue al revés, ella quería esa plaza. Quería ir para aprender, para descubrir qué es lo que les pasaba a las mujeres en esos entornos de pobreza severa cuando daban a luz. Otra de mis mujeres favoritas es una de las fundadoras y presidenta del Lyceum durante unos años, Isabel Oyarzábal. Fue la primera mujer embajadora de España, la primera mujer inspectora de trabajo, fundó una revista, tuvo gran repercusión en la época y hoy es un nombre desconocido y olvidado. ¿Por qué es relevante el Lyceum? Porque fue la primera asociación transversal que no estaba adscrita a ninguna ideología política ni religiosa que reivindicó los derechos de la mujer. Las fundadoras lo plantearon a imagen y semejanza de los otros clubs Lyceum que había en Europa, sobre todo, el londinense. Un lugar donde las mujeres podían reunirse y organizar actividades culturales y artísticas. Consideraban que la cultura y la formación de la mujer era esencial para mejorar su condición; creían en la cultura y el arte como motor de igualdad. Además de esas actividades artísticas y culturales, impartieron conferencias y lecturas poéticas Alberti, Lorca, Pedro Salinas, Unamuno, en fin, hombres de primerísima fila. Cuando le preguntaban a María de Maeztu por qué había puesto en marcha el Lyceum decía: “quiero crear una red de fraternidad femenina”. Lo que conocemos actualmente como sororidad. Ella lo planteaba como un lugar donde mujeres de distintas clases sociales, creencias religiosas, católicas practicantes, ateas y laicas; mujeres de distintas ideas políticas: monárquicas y republicanas, trabajaran juntas. Planteaba reunir a mujeres que tenían una posición desahogada y con influencias, que podían ayudar a mujeres que estaban empezando, con jóvenes que comenzaban y aportaban ideas nuevas. Me parecen un ejemplo para hoy. Mujeres de ideologías tan distintas y de creencias tan diferentes fueron capaces de dejar de lado las diferencias que las separaban y luchar juntas por un bien mejor. Por todo esto creo que El Lyceum merece ser reivindicado. No perdamos de vista que estamos en un momento en que muchos de los derechos que las mujeres habíamos ganado y que dábamos por seguros son cuestionados de nuevo, sobre todo, por el ascenso de ideologías de extrema derecha que vuelven a plantear posiciones para la mujer muy retrógradas. ¿Sería posible crear ahora un club femenino con estas ideas?Actualmente hay muchas asociaciones de mujeres y ya no nos parece novedoso, principalmente porque antes otras mujeres abrieron el camino, pero sí es cierto que estamos en un momento de crispación y polarización política en el que si no estás completamente de acuerdo conmigo estás contra mí. Desde esa perspectiva no solo no aparece ahora un Lyceum femenino, tampoco ninguna asociación o lugar donde se encuentre gente de distintas creencias e ideas para debatir. Zenobia Camprubí decía: “El Lyceum tiene que ser un sitio donde gente que pensemos diferente podamos debatir y nos nutramos unas de otras”. Si ellas lo consiguieron hace 100 años, ¿cómo no lo vamos a conseguir nosotros? Parece hasta absurdo plantearlo. El Lyceum nació con esa mirada internacional, ¿la mantuvo después?Siempre que una figura literaria, cultural o de cualquier ámbito, incluso de la política, visitaba España, la invitaban a celebrar una reunión, una comida o un té, cualquier acto que les posibilitara llevarla al Lyceum para que les hablara de su país, su cultura y sus tradiciones. ¿Los hombres asistían?El bando liderado por Victoria Kent decía que sí, que tenían que entrar, a pesar de ser ellas las que pusieron en marcha el Lyceum y lo dirigían. Había otro, con Carmen Baroja y María Martos a la cabeza, que decía que no, que era un club femenino para mujeres, un espacio seguro sin hombres. Finalmente, llegaron a una solución intermedia y fue la de que el Lyceum iba a ser para mujeres y solo se podrían asociar las mujeres, pero a las actividades culturales o banquetes podrían asistir los hombres siempre que fueran acompañados por una socia. También les dejaban entrar al salón de té. Las consumiciones del salón de té y la entrada para la actividad cultural eran una fuente de financiación. Los primeros años, desde el 26 hasta el 31, que llegó la República y obtuvieron alguna subvención; se financiaban con las cuotas mensuales de las asociadas; las fundadoras pagaban una cuota doble, y unas pocas “socias protectoras” aportaron 500 pesetas, que para la época era mucho dinero. ¿Qué es la Casa de los Niños?La Casa de los Niños fue uno de sus proyectos más importantes. Fue la precursora de las guarderías públicas actuales, un lugar donde las madres obreras, sobre todo en situación de pobreza extrema, podían dejar a sus hijos de 8 de la mañana a 8 de la noche. Allí les daban sus tres comidas, los vigilaba un médico y los vacunaba. Educaban también a los niños y a las madres en hábitos de higiene y medidas de prevención. Fue una institución rompedora. ¿Cuál fue el final del Lyceum?El Lyceum mantuvo su actividad normal, saliendo prácticamente casi todos los días en la prensa, hasta el mes de julio del 36. Dos o tres días antes de que estallase la guerra estaban anunciando la ceremonia de entrega de un premio literario para unos días después. Nunca se llegó a celebrar. La última referencia en prensa del Lyceum es del mes de agosto del 36 donde agradecen a la gente sus donaciones de comida y ropa para los soldados. En esa fecha, el Lyceum se cierra; muchas de sus socias se exilian y no queda nadie para cuidar la sede. Durante toda la guerra civil queda intacto; lo sabemos gracias a las memorias de Carmen Baroja, quien cuenta también que, una vez terminada la guerra, Serrano Suñer lo incauta y se lo entrega a la sección femenina, que lo expolia. ¿Y qué pasa con los libros de la biblioteca?Cuando las mujeres del Lyceum fundaron su biblioteca, la mitad de los libros fueron donados por el duque de Alba de su biblioteca particular. En el Lyceum se podía leer de todo y los libros no pasaban por la censura eclesiástica, lo que para muchos era una ofensa. Cuando la sección femenina se queda con la sede del Lyceum y monta el club Medina para mujeres, lo primero que hace es estampar en los libros su sello sobre el del Lyceum Club Femenino. Me entristeció ver cómo, en lugar de ponerlo al lado para respetar la historia de ese libro, lo ponían encima para borrar el del Lyceum. Fueron como el matón de barrio que una vez que ha ganado a su enemigo lo humilla para que sea una doble victoria. Quisieron borrar cualquier huella de las mujeres del Lyceum.Los sectores conservadores de la sociedad siempre las atacaron. En los periódicos había titulares que decían “desgraciados los niños que tengan una madre lyceumana”. Decían que estas mujeres abandonaban a sus hijos para ir al club a pasárselo bien. Las atacaron de todas las formas posibles, escribieron que el Lyceum era un casino donde iban a jugar, donde iban con las piernas al aire. Que fumaban cigarrillos egipcios, que destetaban a sus hijos con cerveza o que cuando volvían del Lyceum y llegaban a casa pegaban a sus maridos. Barbaridades.¿Qué socia del Lyceum piensas que ha logrado superar ese intento de invisibilización y ha llegado a nuestros días con más reconocimiento?María de Maeztu, Victoria Kent y Clara Campoamor, estas dos últimas fueron las dos primeras diputadas en las Cortes. Ellas han trascendido por el trabajo que hicieron y la implicación y repercusión que tuvieron en la sociedad española. María de Maeztu ha trascendido, aunque también es una gran desconocida. Cuando empecé con esta investigación, hice una lista de nombres de estas mujeres y la pasé a muchos amigos, gente con carreras universitarias, algunos de ellos profesores, muchos de ellos de Humanidades y de Letras. Conocían a María de Maeztu pero no sabían decir, aparte de que era una pedagoga, mucho más. Sin embargo, creo que tendría que ser una mujer muchísimo más reconocida. Fue importantísima en la educación de las mujeres, en que las mujeres de este país pudieran estudiar en la Universidad, sobre todo, aquellas que vivían en lugares alejados de Madrid, en sitios donde no había facultades. Proporcionó un espacio donde alojarse y poder estudiar e insistió en que no se quedaran solo en las carreras tradicionalmente destinadas a las mujeres, como Magisterio o Enfermería, sino que estudiaran Derecho y Ciencias. Llegó a instalar un laboratorio en la residencia para que las chicas hicieran las prácticas. La deberíamos tener en un pedestal. ¿Y las poetas?Uno de los actos estrella del Lyceum fue un torneo poético que se llamó “Las faldas del Parnaso”. Eligieron textos poéticos de poetas ya reconocidas contra -metafóricamente hablando- poetas contemporáneas, sobre todo jóvenes, Concha Méndez, Ernestina de Champourcin, Carmen Conde, socia del Lyceum y primera mujer en entrar en la Real Academia de la Lengua, cuyo nombre tampoco ha trascendido demasiado. También había poetas que no eran socias del Lyceum, pero que eran muy próximas, como Josefina de la Torre o Margarita Ferreras. De aquella reunión se hubiese podido sacar un canon de la Generación del 27. Desde hace unos pocos años tenemos una nueva sensibilidad y, por ejemplo, Concha Méndez está siendo reivindicada, pero pocas más y, por supuesto, no se incluyen en los libros de texto ni aparecieron en su día en las antologías. Me gustó mucho descubrir que 2 años después de la publicación de la antología de Gerardo Diego, cuando quiso hacer una nueva edición, Juan Ramón Jiménez le pidió que lo sacara de la antología. La explicación que le dio para no querer figurar era que, por un lado, él decía que no era una antología sino que había hecho un compendio de conocidos y, aun así no había ninguna mujer, y Juan Ramón le dijo que tenía que estar Concha Méndez, Ernestina de Champurcín y Josefina de la Torre. Al final incluyó a regañadientes y de refilón a Champurcín y de la Torre, pero siguió sin incluir a Concha Méndez.
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