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Gauche divine, fin de fiesta
  25/8/2026



E n 1969 un estudiante de la Universidad de California enviaba el primer mensaje de un ordenador a otro utilizando Arpanet, Neil Armstrong daba el primer paso de un hombre en la luna y Beatriz de Moura celebraba el nacimiento de la editorial Tusquets en una fiesta en la que Joan de Sagarra bautizaba con el término gauche divine a una generación que iba a revolucionar la edición española. Jóvenes, con padres ricos, desinhibidos, grandes bebedores y con ganas de trabajar divirtiéndose seriamente, se habían conjurado para dejar atrás la cochambre cultural franquista y, de paso, darle un baño de heterodoxia a la izquierda dogmática: el poeta José Agustín Goytisolo contaba que un dirigente del PSUC dio la consigna de no ir a una conferencia de Pasolini, porque «después dirán que los comunistas somos todos maricas».

A pesar de que Barcelona estaba más cerca de París y su mayo que de Madrid y su gris policial, pocos repitieron el eslogan «Prefiero equivocarme con Sartre que tener razón con Raymond Aron». Ver la foto de Sartre manifestándose tras una pancarta de los seguidores del sanguinario Mao y saber que Simone de Beauvoir había tenido su primer orgasmo con el novelista Nelson Algren y ninguno en 18 años de relación con el autor de El ser y la nada, puede explicar que Jorge Herralde se decantara por el situacionista Guy Debord y Beatriz de Moura, por Albert Camus.

Pasó el tiempo y un día, casi sin avisar, se dieron cuenta de que tenían ya más edad que Carlos Barral, el editor pionero que disolvió demasiado pronto (61 años) sus cenizas en las aguas de Calafell y, no mucho después, que Esther Tusquets, que miraba para siempre el mismo mar de todos los veranos desde 2012 en Cadaqués. Aquella revoltosa tribu se iba extinguiendo en silencio. En este 2026 han muerto en pocos días Frankie Sert y Beatriz de Moura. El conde ilustrado, que había sido uno de los accionistas anónimos de Tusquets y entendía la gastrononomía como una mesa común civilizatoria, quiso una despedida sin curas ni tanatorio, una fiesta al sol, con flamenco y vino y palabras inteligentes de adiós.

Beatriz de Moura había dicho que no iría a su propio funeral, pero los amigos no renunciaron a consolarse por última vez. Ya hacía tiempo que se habían despedido de ella, pero necesitaban darle las gracias, como hizo Cristina Fernández Cubas: sin ella, dijo, no hubiera sido escritora, que es el mejor elogio que pueda recibir un editor, el que mide la huella que deja por los autores que descubre y apoya. Y en su adiós sobrevoló  la imagen de la niña que, sentada en el escabel a los pies de su padre, fingía leer libros aún antes de saber leer, intrigada por lo que él podía ver en aquel objeto de papel que le mantenía con la mirada ensimismada, más que la atención que le prestaba a ella, y quizá estaba ahí el Rosebud que hubiera detectado Orson Welles: tantos viajes sin arraigo con su padre diplomático, contra el que en su adolescencia se rebeló con ira, y la biblioteca como refugio y ancla.

No pudo estar Jorge Herralde, enfermo desde hace años, aunque él también había dicho ya su adiós a una época con su fiesta de 50 años de editor, tal vez la ultima ocasión en la que se vio reunida en Barcelona lo más distinguido de la edición internacional. Herralde y Moura, editores sin hijos, no lo tuvieron fácil, no solo por la censura o el atentado en 1974 de los Guerrilleros de Cristo Rey a la distribuidora Libros de Enlace (con Barral Editores, Edicions 62, Laia, Cuadernos para el Diálogo, Fontanella, Edhasa, Anagrama y Lumen), sino también la falta de lectores, la incultura española, la inexperiencia contable.

Herralde era en la época más contracultural, en la onda de Barney Rosset, de Grove Press, y cuando le preguntaban qué le pedía a un manuscrito respondía: «que me sorprenda». Ella era más culta y, por eso, apartaba a quien ejerciera de intelectual. Sabía que a un buen editor no le basta la lectura, si no vive la vida, y había adoptado un consejo de Kundera: desconfía de los libros de lectura difícil y dicen poco; prefiere los de lectura clara y complejidad profunda.

Si a Herralde, jinete frustrado por una mala caída de caballo, le gustaba exhibir una ironía lacónica, esgrima verbal que podía herir, la fresca carcajada de Beatriz Moura podía derivar, sin previo aviso, en tormenta oscura sobre su interlocutor. Era luminosa junto con sus autores en el bar del Frankfurter Hof; en los toros con Jorge Semprún, Almudena Grandes o los Trías durante la feria del libro de Madrid; en Andratx y París con Kundera; con Berlanga en la bodega de las Ramblas ante una mesa con vino y jamón inacabable… Otras veces sus ojos se ensombrecian cuando contaba que sus padres le obligaban a dormir con su hermana epiléptica, Elsa, en centros que no evitaron su suicidio a los 23 años ni que ella tuviera que recurrir por ello a curas de sueño. O cuando contaba que llegaba exhausta al verano, jugándose su editorial a vida o muerte, ciega de tanto leer, y aún así quería aprovechar el mes de agosto para escribir su propia novela. O cuando Francisco Casavella no quiso mejorar un manuscrito, apelando, insensato, a la heroica tozudez de Malcom Lowry de no tocar una coma de Bajo el volcán. O, en fin, cuando Javier Cercas se fue a Random House a la velocidad de la luz, y después marchó a Planeta para ganar un premio por tres libros y de nuevo volvió a Random de la mano del Papa…

Los jóvenes de izquierda de los años setenta tenían enfrente a José Manuel Lara Hernández, un sevillano de El Pedroso que había llegado a Barcelona después de la guerra sin dinero y que en 1952 había creado el Premio Planeta en Madrid el 12 de octubre, día de la Raza, para contrarrestar el Nadal de la burguesía catalana de Destino, distanciada del franquismo. La fórmula era ganadora y lleva décadas viciando los premios literarios españoles: si doy el premio más cuantioso, tengo la promoción asegurada, no solo del libro, sino también de la marca empresarial, aunque la gente sepa que es una operación disfrazada de concurso. La intelligentsia barcelonesa contaba un chiste malicioso: «Se lo debo todo a tres mujeres —decían que decía, imitando su cerrado acento andaluz— la Vicki Baum, la Pearl S. Buck y la Somerset». Y sin embargo autores como Juan Goytisolo no dudaron en ser finalistas ya en los años cincuenta, ni que después se dejaran captar casi todos: Terenci Moix, Manuel Vázquez Montalbán, Maruja Torres, Juan Benet, Jorge Semprún, Vargas Llosa o Juan Marsé. Desde que una presentadora de televisión (Ángeles Caso) vendió más como finalista que el ganador, un premio Nobel como Cela, los libros de autor fueron desapareciendo de las listas de los ojeadores de la editorial. Los entresijos de cómo se cocinaron algunos de estos premios fue uno de los reportajes más leídos y citados de cuantos he publicado en  La Vanguardia.

La editorial de Lara fue adquiriendo todo: Seix Barral, Destino (esa compra debió de ser especialmente dulce para el inmigrante al que la burguesía catalana había desdeñado), Tusquets… La absorción fue más dulce para Beatriz de Moura, porque José Manuel Lara Bosch ya le había salvado de forma anónima una vez y mantenía a Juan Cerezo como garante de la continuidad del catálogo. Lumen, la editorial de Esther Tusquets, quedó al otro lado, en manos del gran rival de Planeta, el grupo alemán Bertelsmann (hoy Penguin Random House), que ya se había hecho con Plaza & Janés, la editorial de los grandes bestsellers, heredera de Josep Janés. Herralde, orgulloso, resistió las ofertas. No hubiera querido estar en la sede Pedró de la Creu los días en que se postuló una oferta de compra por parte de Planeta. Al final, él y su inseparable Lali Gubern, eligieron vender a Carlo Feltrinelli, hijo de su amiga Inge, grupo que ahora publica además en España con el sello matriz y extiende su propia red de librerías (La Central).

Casi todas las editoriales que construyeron el ecosistema literario entre 1960 y 2000 han sido absorbidas por los dos grandes grupos. Las que sobreviven independientes son las que nacieron pequeñas y se mantuvieron así, como Pre-Textos, Siruela o Edhasa, o las que llegaron después: Galaxia Gutenberg, Acantilado, Impedimenta, Atalanta, la mexicana Sexto Piso, Asteroide… En novela contemporánea se publicaron 4.883 títulos en 2024. Las muy grandes publican el 27,5% de los títulos de novela contemporánea, pero se llevan el 64% de la facturación. Las pequeñas publican el 26% de los títulos y facturan el 7,8%.

Las editoriales pequeñas sirven, pues, de cantera de autores a las grandes, que, además, están acumulando fondo a un ritmo acelerado, comprando derechos de autores que antes eran territorio exclusivo de los independientes. El mercado ha eliminado la figura del editor de tamaño medio, que era el modelo de Herralde y Beatriz de Moura. Lo que queda son los gigantes integrados y los enanos independientes. El espacio intermedio, donde operaba la gauche divine, ha casi desaparecido, Cruzando datos de estudios de comercio interior, hábitos de lectura e informes de ventas reales de la consultoranGFK no es descabellado cifrar entre 240.000 y 400.000 el número de lectores de ficción literaria o libros de autor, a los que se añadirian entre 600.000 y 900.000 lectores ocasionales.

La gauche divine fue posible porque había un contexto que daba al libro literario una función social y política que hoy no tiene, una minoría de lectores literarios tenía una visibilidad y un peso simbólico completamente desproporcionados respecto a su número real. El lector que en los años setenta y ochenta compraba Anagrama, Lumen, Alianza o Tusquets era consciente de pertenecer a un proyecto colectivo, y se creó la ilusión de que la cultura literaria y el proyecto político eran la misma cosa, de modo que ese lector no solo leía, su militancia libresca era visible en la librería, en el suplemento de libros, en la conversación de cena. Se exhibía en los cafés y en la playa. La estantería se enseñaba con orgullo. No haber leído determinado autor era algo más que embarazoso…

Hoy solo el 3% de los compradores de libros menciona la editorial como criterio de compra. Aquella minoría sigue existiendo, probablemente con números mayores. Pero está diluida en millones de lectores que mayoritariamente prefieren a Freida McFadden, y compite por visibilidad con cerca de miles de títulos nuevos al año, con Netflix, con los podcasts, con las redes sociales y, sobre todo, con el hecho de que el libro literario ha perdido su posición hegemónica de prestigio social y con ella la capacidad de amplificar una minoría hasta hacerla parecer mayoría.

El primer mensaje que el estudiante de UCLA envió en 1969 con Arpanet, el germen de Internet, era de dos letras «LO». Hoy,  el 34,6% de los jóvenes españoles de entre 14 y 24 años cree que para tener cultura no hace falta leer libros. Si se refieren a la lista de los 20 más vendidos, estoy de acuerdo.

Josep Massot-elboomerang
Imagen:  negritas y cursivas,  archivo familiar 




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