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Almadía y el topetazo con la IA
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Almadía y el topetazo con la IA
  27/10/2026



E l viernes por la mañana me telefoneó Guillermo Quijas, director de la editorial mexicana Almadía, para comunicarme que se suspendía la promoción de Donde el agua trabaja, de David Silva Rojas, ante la acusación de que la novela contiene un 99% de texto generado por IA. Me quedé a cuadros escoceses. Mientras el editor eslabonaba la cronología de los hechos, mi cabeza, sin dejar de escucharlo, trituraba dos cuestiones a la vez, cual túrmix enloquecido. Una: a mí también me habrían colado el gol. Y dos: cuál habría sido mi papelón este lunes, cuando estaba prevista la presentación de la obra en la librería Finestres de Barcelona. Me ha protegido una cuadratura entre el azar y el ángel de la guarda.

 Donde el agua trabaja había sido galardonada en la primera convocatoria del premio de novela breve instituido por Almadía y la fundación española Ventosa-Arrufat, un certamen dotado con 20.000 jugosos euros. Cuando me invitaron a presentarla, acepté encantada la propuesta aun sin conocer al autor peruano por el aval del jurado que la había escogido por unanimidad entre dos mil y pico manuscritos: la mexicana Cristina Rivera Garza, la argentina Selva Almada y la ecuatoriana Mónica Ojeda. Tres escritoras de aúpa. E íntegras; conozco personalmente a las dos primeras. Leída la novela y mientras se desmadeja el embrollo, me respondo a tres preguntas. ¿Es una obra maestra? No. ¿Se lee bien? Estupendamente. ¿Alguna sospecha de interacción con el algoritmo? En absoluto. Ni siquiera el estilo entrecortado, de frase corta y áspera, me habría arqueado la ceja del recelo, por cuanto Silva Rojas reivindica la estética despojada y los silencios del haiku japonés. Una voz femenina narra en el texto la extenuación del cuerpo, el abuso laboral en una hacienda vitícola en Ica, al suroeste de Perú. El infierno de la agroexportación.

Habrá que conservar libretas y manuscritos para demostrar la pureza humana ante el Santo Oficio
Cancelada la gira, el autor ha regresado a su país, mientras el editor, Quijas, anuncia una “revisión detallada” de lo sucedido, después de que Pangram, una herramienta que analiza patrones matemáticos y estadísticos en la escritura, haya arrojado el veredicto fatal. Lamento que una editorial joven y pequeña, que apuesta por el talento en ciernes, esté atravesando semejante trance. ¿Cómo te quitas el chapapote de encima? No niego la mayor, que el escritor haya usado de alguna manera la IA, ya se verá, pero se antoja muy perturbador que una máquina, y en los primeros pasos de su desarrollo, esté escudriñando lo que supuestamente ha escrito otra máquina. ¿Qué berenjenal es este? Agustín Fernández Mayo ya ha bautizado a los detectores de IA como el VAR de la literatura. En adelante, habrá que conservar libretas, manuscritos e incluso servilletas de bar con ideas volanderas para demostrar la pureza y la humanidad ante el Santo Oficio. El chileno Rafael Gumucio añade otra paradoja interesante: que las dos novelas acusadas de usar la IA den voz a los más desposeídos, peruanos, en el caso que nos ocupa, y haitianos, en el de Thélyson Orélien. No lo sé, food for thought. 


Olga Merino-Lavanguardia




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